Política bajo escombros

Algunos le temen a las crisis porque derrumban la certidumbre y obligan a la evolución; no a un cambio controlado, cómodo y paulatino, sino a una transformación abrupta, inexorable, violenta y dolorosa.

Las crisis suelen exhibir nuestros errores y debilidades; la fragilidad de nuestros mitos y la fatuidad de nuestra conducta. Representan la destrucción de paradigmas, el ocaso de un proyecto; la tormenta que anuncia un inminente naufragio o la campanada final que nos impele a luchar puño a puño contra el fracaso.

Las crisis son, ante todo, el llamado urgente al aprendizaje y la acción; oportunidades extraordinarias para el renacimiento o la redención. Así es como la política mexicana debe asimilar los cataclísmos recientes de 8.2 y 7.1 grados Richter que le conminan a enfrentar las consecuencias de su arrogancia.

La devastación causada por los sismos del 7 y 19 de septiembre puede avistarse más allá de la materialidad. La estructura política de México fue alcanzada por el poder de la naturaleza y sus propias grietas estructurales han quedado expuestas al escarnio social. Hoy, la política azteca se halla bajo los escombros de una credibilidad en ruinas. En tinieblas, agonizante, espera un rescate al que nadie se suma como voluntario. ¿Saldrá por sí sola de los errores que le sepultan?

Instigados por la presión popular y el advenimiento de las elecciones más grandes de la historia mexicana, los líderes políticos de México han manifestado su renuncia al 20, 50, 80 o 100 por ciento de las prerrogativas restantes de 2017 con la promesa de que el ahorro de recursos será destinado a la reconstrucción de viviendas y atención de damnificados en los estados de México, Morelos, Oaxaca, Chiapas, Puebla y Ciudad de México. Es más, algunos dirigentes ya promueven la eliminación de senadurías y diputaciones plurinominales, así como la reducción de gastos por parte del gobierno federal y la creación de un fondo de reconstrucción directamente vinculado al presupuesto de egresos de la Federación, todo con el objetivo de maximizar el apoyo a las víctimas y llenar las expectativas de una población iracunda.

¿Cerveza para los altruistas?...

Claro que no.

Las iniciativas de reducción del gasto político no nacieron en los corazones piadosos de los actores de la vida pública sino en la marabunta ciudadana que, conmovida por la desgracia, salió a las calles a levantar piedras, recolectar víveres y denunciar el abuso o incompetencia de miembros de la autoridad a través de las redes sociales. Por primera vez en décadas, la agenda que hoy determina el proceder político de México nació de una orden expedita de millones de ciudadanos que se lanzaron a la yugular de los partidos: el presupuesto electoral para 2018.

Pero si la clase política ha torcido el brazo ante la demanda social, ¿por qué no destapar la champaña y abrazarnos complacidos? ¿Cuáles son los problemas detrás de lo que parece ser la apertura a un cambio paradigmático engendrado desde la solidaridad? Número uno: la politización del apoyo; número dos: la peligrosidad del cambio; número tres: el falso escarmiento.

La renuncia al financiamiento público es todo menos un auxilio desinteresado. Tomando el clamor ciudadano como bandera, los partidos políticos buscan mejorar su posicionamiento electoral de cara a la contienda del próximo verano. Asimismo, haciendo gala de un altruismo demagógico, el oficialismo y los grandes competidores políticos buscan aventajar a los pequeños partidos y obstaculizar las aspiraciones de los proyectos de oposición.

Por otro lado, la desaparición de estas prerrogativas supone la entrada de capital privado al financiamiento de la política mexicana de forma abierta y sistémica. Y sin una regulación de primer nivel que haga posible una competencia equitativa, a prueba de corrupción, intereses netamente particulares o pujanzas de grupos ilícitos, estaríamos a nada de legitimar la más riesgosa de nuestras metamorfosis políticas. Además, aunque la extinción de los legisladores plurinominales, parezca justa y necesaria, lo cierto es que desequilibra la representatividad dentro del Poder Legislativo y favorece a las grandes maquinarias partidistas que siempre han dominado los máximos espacios de decisión política. En otras palabras, de no reencauzar el encono social, los mismos ciudadanos estarían por reventar la caja de Pandora.

¿Y por qué los comunicadores políticos deberíamos preocuparnos de tales iniciativas si en términos estratégicos resultan maniobras encomiables? Porque nuestra apuesta comunicativa para el nuevo siglo no puede continuar basándose en la simulación. En realidad, estamos ante una crisis mal aprovechada por parte de quienes representan la materia prima de nuestro trabajo. Aquí no hay aprendizaje ni redención, sino oportunismo y vejación; necedad y cinismo; indolencia y simulación.

Permutar las crisis por evolución es posible cuando la necesidad de reinventarse es aceptada y los daños son resarcidos. ¿Por qué empeñarnos en resanar muros resquebrajados cuando el edificio necesita ser reconstruido desde los cimientos? Hoy la clase política tiene la oportunidad de reivindicarse y probar que merece la absolución del voto. Simular un cambio para conseguir victorias electorales a costa de la desgracia social, es una jugada que tarde o temprano puede revertírsenos.

Malgastar las oportunidades que las crisis nos ofrecen reduce nuestras probabilidades de resistir próximos desastres, situaciones de las cuales tal vez no existan salidas positivas. Estamos en la antesala del evento electoral y político más grande de los últimos años, y el destino urge a la política de esta nación a dar un salto evolutivo para probar su utilidad y garantizar su pervivencia.

Se trata de optar por un cambio paradigmático que representa la verdadera reconstrucción social. De ejecutar acciones que nos lleven hacia una política de primer mundo. Abandonar la demagogia y hacer palpables la honestidad y el progreso del que tanto hablan nuestros anuncios y discursos. Sugerir y optar por un cambio radical, profundo y trascendente. Hacer las cosas bien. Hacerlas ya.

¿Cuántas crisis creemos que resistirá la estructura política que mantenemos en pie? ¿Cuánto más esperaremos antes de hallarnos bajo los escombros de nuestra propia verborrea?

No ignoremos la oportunidad. No una vez más.

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